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sábado, 19 de enero de 2019

TENER BUENA MEMORIA ES UN DON.



"Tener buena memoria es un don". Estudiar, trabajar, socializar, ser detallista... pero en otras ocasiones la memoria es una herida autoinfligida cuyo torniquete se ha aflojado. Revivir un recuerdo, si es uno bueno, es una bendición, pero si es una pesadilla y puedes rememorar hasta los olores que te envolvían, cuando en tu sangre se ha grabado ese terrible momento y vuelve a ti fluyendo como el agua de un río que escapa a tu control, si baja tus defensas y se abre la presa, en ese instante, la memoria es un castigo inevitable. Esas memorias se convierten en el lodo al que acudir, en el que insistes revolcarte cuando se abre la compuerta.
Aparece el más leve rasguño en la barrera y todo vuelve a golpearte, como si hubiera sido ayer.
Sí, la memoria, ese gran...don.

miércoles, 28 de septiembre de 2016

A DESTIEMPO


Recostada en mi dormitorio lo observo. Está sentado en la butaca a los pies de mi cama. Pelo blanco y escaso, gafas de pasta negras, camisa blanca de manga corta y pantalón de pinza beige, barriga levemente pronunciada y cinturón negro. No es que sea el mejor estilismo, tampoco nos importa. Lo miro entrecerrando los ojos y se percata de que le estoy dando vueltas a algo. Me devuelve una mirada en la que se puede leer un “¿Qué pasa?”
―Estaba pensando que los nietos conocen en mal momentos a sus abuelos ―entrelaza los dedos de las manos sobre su barriga a la espera de que continúe―. Sí. Los conocen demasiado pronto, cuando son niños y no sienten curiosidad por ellos. Es mucho después cuando empiezan a plantearse cosas como… no sé, qué hacían en su día a día, qué era lo que les hacía gracia, cómo era criar animales, la forma tan particular de contar los días y saber si llovería, las anécdotas con sus hermanos, qué hicieron en la guerra, cómo fue perder a alguien, o cómo terminaron casándose y con quién habían salido antes (que los abuelos también tienen sus ligues). Todas esas cosas que nuestros padres no nos cuentan y aquellas que tampoco saben o han olvidado. Tengo curiosidad. Podrías habérmelas contado. Podrías contármelas. Ahora, ¿puedes?

El cuenco tibetano resuena por todas partes, invade el cuarto, lo emborrona y la habitación se va haciendo cada vez más lejana. Aparecen destellos y luego… todo está oscuro. Una voz se engarza en mis oídos: “Moved suavemente los pies, a un lado, al otro, las manos, la cabeza…” Siento la humedad bajo el saquito de semillas que cubre mis ojos. “Girad el cuerpo hacia el lado derecho”.
Ahora sé dónde estoy, tumbada en el suelo. Me giro en posición fetal y esta vez, antes de lo usual, retiro de mis ojos el saquito de la meditación. Como si hubiera estado prisionera se escapa y cae a la tarima de madera una lágrima que arrastra su camino por encima de mi nariz. No sé qué ha pasado. Me incorporo siguiendo las órdenes de la profesora de yoga. Es el momento final de la clase y aún me duele el recuerdo que se desvanece hecho jirones. Tengo los ojos húmedos pero nadie se da cuenta, solo sigo las indicaciones de la profesora y no puedo dejar de pensar que es "otra oportunidad desperdiciada".

Hasta las próxima desconexión.

miércoles, 14 de septiembre de 2016

ASÍ ES, ASÍ SOY.


Me reconozco en las noches con aires de otoño, en las horas ámbar. Me hallo en las luces de las farolas y en los cuartos en penumbra; en ventanas abiertas al asfalto. Me reconcilio en los aislamientos voluntarios y en la música que susurra en los oídos. Recuerdo con la caída de las hojas y el pisar de la grava. Regreso con los olores de la infancia y las campanas de los monasterios. Viajo con la visión de las amapolas y el fluir del agua sobre los juncos. Siento libertad entre los pinos y a la sombra de la palabra impresa. Así es, así soy.

Hasta la próxima desconexión.

jueves, 1 de septiembre de 2016

"EL RETORNO"

MICRO

Existen personas por las que hechizarías el tiempo para volver a empezar vuestra amistad. Recorrer de nuevo el camino. Sin saltarte nada. Hasta llegar de nuevo aquí, sabiendo que no habrá otra igual.


Al fin puedo volver (o voy a volver, porque poder, poder, siempre se puede).

En este lapso de tiempo: fui tita por primera vez, mi mejor amigo va a tener un bebé, mi mejor amiga se casa (pasando por despedida de soltera, incluida) regresé a uno de los lugares de Asía que más me gustan (Seúl) y conocí otros nuevos, compartí horas con amigos y familia, descansé del trabajo, eché de menos a gente y me despedí de otras tantas personas, me enfadé y me reí como pocas veces, tomé buenas y malas decisiones, me auto regalé cosas y regalé a los demás, hice cientos de fotos y salí en fotos de gente que jamás conoceré. En resumen estuve respirando y reconstruyendo, creando y finalizando. Ahora es hora de volver.

Hasta la próxima desconexión.

domingo, 3 de abril de 2016

RECORDAR EL OLVIDO




Escribí una carta que jamás llegué a mandar, la escribí a mano, con un bolígrafo rojo, como la pasión que impulsaba mi trazo. La escribí y la guardé bajó siete llaves, bueno más bien bajo unas cuantas libretas, portafolios y cuadernos. La enterré.
Sepulté el sentimiento que me obligaba a escribir, insatisfecha con el resultado, cobarde ante las perspectivas de que fuera leída. Muerta de miedo.

Años después la he encontrado por casualidad, buscando, no sé, cualquier cosa que ahora no ocupa mi mente. La he leído con ojos renovados que, extrañamente, aún son los míos y ni siquiera me molesto en recordar la cara a su destinatario. No me reconozco ni en el trazo, ni en la forma, ni en la pasión, ni en el dolor que desprende. Mis sentimientos se han amansado y he perdido mi brillo. Puede que hiciera aterrizar mis sueños para poder alcanzarlos, y así los hice más pequeños, más mundanos, me hice más conformista, más pragmática, menos soñadora. Pero aun sabiéndolo, aun teniendo la certeza de mi cambio, la coraza no se rompe por una carta de esos años en los que cada canción parecía dirigirse a ti, una carta no te hace despegar. Si eres como yo, leerás la carta, sonreirás con esa media sonrisa que ponen los cínicos ante los ingenuos, pondrás tus ojos en blanco ante su simpleza y te burlarás de lo importante que te parecían aquellas estupideces de esa etapa de la vida, la doblarás pero ni la romperás ni la tirarás; la ocultarás bajo el peso del discurrir de los años y la desviación de ti mismo, como un tributo, como un recuerdo que pronto olvidas, hasta que desempolves de nuevo ese cajón cuando algo te arrastre a la necesidad de rebuscar en el pasado, para saber cómo llegaste a este presente.

Hasta la próxima desconexión.

martes, 27 de octubre de 2015

EL CAMINO DEL PEREGRINO



Tras subir un kilómetro de escaleras de madera, bordeadas por profunda vegetación sin arreglar, ante los excursionistas hizo su aparición, al fin, la Ci En Pagoda. A esas horas el sol ya arrasaba las cabezas locas que visitaban aquel templo sin considerar su salud. La preciosa torre se imponía frente al empequeñecido tambor, desafiándole con sus seis plantas de altura.
Los excursionistas tras mirar fijamente la pagoda aceptaron el reto que les lanzaba, y con un "go, go, go" avanzaron por las escaleras de caracol que les llevaría más cerca de lo divino, donde con tres retumbantes golpes alejarán sus pecados. Cada planta una parada, cada parada un recuerdo. El sudor va purificando sus cuerpos en el camino del peregrino, como juegan a llamarlo.
Recibiendo las bendiciones, solicitando el perdón y dando las gracias iniciaron el descenso.
Cuando pisaron la grava de la explanada, el sonido que produce, y que al menos para uno de los exploradores siempre resultaba mágico, los volvió a conectar a lo terrenal; pudieron sentir el calor del mundo subir por las piernas. Era la hora de partir, no se veía a nadie en aquel lugar que antes era sagrado y que ahora se llenaba de turistas con cámaras y móviles, inmortalizadores de recuerdos digitales.

Algo no estaba bien, una extraña sensación trepaba por sus piernas que nada tenía que ver con el calor ni con aquellos insectos albinos que los rodeaban.
─Bajemos, es tarde y el calor aprieta.
Bajar la escalera no suponía el mismo desafío así que aceleraron el paso, la incomodidad seguía allí. Tras el último peldaño tampoco había nadie, ni turista, ni lugareño, la soledad sería absoluta si no fuera porque ellos eran dos.
El miedo los sobrecogió cuando, entornando los ojos frente al cartel, descubrieron que no habría un autobús hasta, por lo menos, dos horas y media después. Instintivamente echaron mano a las botellas de agua para saber cuánto les quedaba; la comprobación no fue muy halagüeña. Se miraron sintiendo como sus gargantas se secaban.
─Qué no cunda el pánico, alguien debe pasar por aquí. Además nos dijeron que cerca había una ruta de senderismo para volver a la ciudad.
─Lástima no haber cogido un mapa de las rutas, la vegetación es tan espesa que podemos perdernos con facilidad. Mejor esperamos un poco a ver si pasa alguien.
Tras cuarenta minutos a pleno sol y sentados en el abrasador asfalto la situación no podía mantenerse. Armándose de optimismo y valor fingidos decidieron seguir el camino que parecía surgir del bosque que había enfrente, no había mucho más donde elegir.
Tras andar escasos cinco minutos, detrás de un recodo, vieron aparecer el templo Xuan Zang como si de un espejismo se tratara, tan solo a cuarenta pasos de su desamparado lugar se hallaba aquel hermoso y blanquísimo templo, con fuentes, plantas y árboles enormes. Arrastrados por la energía de los rezos que se escapaban de entre las varillas de incienso cruzaron el umbral. El arco rojo les daba la bienvenida y los acogía a pesar de sus distintos credos, a pesar de que ellos agradecieron a otro Dios su buena suerte, pero entre los dioses parece que existen menos desavenencias que entre sus seguidores.
Una vez dentro un monje, calvo, sonriente y todo vestido de gris les entregó, con ambas manos, un escrito envuelto en una tela amarilla, y mediante el universal lenguaje de signos les indicó que lo leyeran. Intentaron hacerle entender que no sabían chino, pero insistió, quitándole importancia a ese detalle con su mano. Al desenrollarlo los caracteres chinos se desvanecieron, transformándose en su idioma materno, por lo que pudieron leer el mensaje con facilidad:

Todo el que consigue cruzar su propio desierto vislumbrará el camino a una morada segura, y no será importante qué mano sostenga el incienso que lo guió, ni bajo qué Nombre lo hizo.
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PD Siento haber tardado, he estado liada jajaja. 
¡Hasta la próxima desconexión!

jueves, 3 de septiembre de 2015

¿POZO SECO?



Cuando era más joven las ideas bullían en mi cabeza peleando por ser las elegidas, ahora es como si tuviera que perseguirlas, pistola en mano, para que tras en una cruel batalla, salgan a la blanquecina luz: asustadas y en retazos.

 Escribir unas pocas líneas cuesta más que subir las escaleras que te acercan al "Gran Buda" de Ping Ngong, termino agotada y temblorosa; como si intentara sacar un cubo lleno de agua de un pozo ya seco. Aun así, cuando menos lo espero una chispa prende (una frase, una canción, una noche en vela...) y allí está; tal vez no a borbotones pero sí como un reposado caudal que muestra que aún no se secó. Soy yo quien coloca un dique donde antes había una cascada. Continúo preguntándome el por qué, pero mientras encuentro la respuesta sigo intentado extraer agua del pozo, cansándome y reponiéndome ya que nadie puede negar la certeza de que se necesita "agua" para vivir.


¡Hasta la próxima desconexión!

jueves, 30 de abril de 2015

BATALLAS QUE DEBES PERDER


Aunque necesito que me reconforte, cuando me abraza, sin proponérmelo, coloco mis brazos flexionados contra su pecho, a la defensiva; pero su convicción es mayor que la mía y su férrea determinación vence mis barreras. Poco a poco dejo caer los brazos y rodeo la curva de su espalda.
Mi cuerpo se ablanda ante el calor que lo envuelve, como si lo recordara de un pasado lejano; el corazón se abre, lo deja entrar mientras se cierra el abrazo.

Me ha vencido, vuelvo a ser vulnerable. Nada me da más miedo.

¡Hasta la próxima desconexión!

miércoles, 8 de abril de 2015

AGITANDO RECUERDOS




El viento mueve sin tregua las hojas de las palmeras; tan distinto al baile de los olivos. ─Se agitan en mi cabeza lamentos de recuerdos─. Suave cadencia de aceitunas frente a la locura de las puntiagudas hojas de la costa. Hoy el viento arrastra el salitre y me recuerda lo lejos que quedan aquellos mares de árboles serenos.


¡Hasta la próxima desconexión!

martes, 15 de abril de 2014

IT


La sala de espera estaba vacía y olía a desinfectante. La limpiadora acababa de terminar su tarea, yo era el último paciente, pero un enfermero me acompañaba. Su estómago sobresalía generosamente de sus pantalones, los cuales  sujetaba con tirantes rojos. No sé por qué me recordó a los antiguos mayordomos de grandes señores, la antesala del conde.
Al fin llegó mi turno. Avancé por el frío y gris pasillo, tres puertas a la derecha, y tres a la izquierda, todo era bastante depresivo, paredes desconchadas con evidentes signos de humedad, todo gris.
Puerta número tres. Oftalmólogo, leí. Llamé a aquella puerta de madera barata, algo abombada por la parte baja, parecía que realmente tenían un problema de humedad. Todo con el mismo tono gris, monocorde, el suelo, el techo, las paredes e incluso las puertas. Ya era bastante malo ir al médico, alguien debería empezar a pensar en contratar un decorador, aunque fuera para descubrirles las distintas gamas del gris. Ya estaba divagando, debía pasar, era tarde.
Entré, pero la consulta no era como esperaba. Bueno la consulta era como todas, lo diferente era la atmósfera, el ambiente. Las luces estaban apagadas, esa gran oscuridad lastimó mis ojos enfermos. Cuando se acostumbraron, pude ver en la habitación el típico escritorio y sus dos sillas para los enfermos, pero la única luz que se proyectaba era la de un flexo que apuntaba directamente a los papeles que se agolpaban en la mesa del oculista, reinaba un caos absoluto. Unos veinte sellos se esparcían en el lado izquierdo de la mesa. Varios talonarios de recetas, algo que me sorprendió porque ahora todo va con receta electrónica, y montañas de papeles que supuse eran informes de pacientes anteriores. Detrás del especialista, una ventana cerrada con las persianas bajadas.
Su voz sonó por primera vez, era tan aflautada que pensé que era una doctora. Me fijé mejor en el ser que tenía en frente para descubrí que era la persona más extraña que había visto. Tenía el pelo largo y gris, a juego con todo lo demás, y acababa en mechones puntiagudos cual dibujo manga, ningún peluquero sería capaz de conseguir ese peinado. Su estructura ósea era, como poco, particular, de hombro a hombro no habría más de treinta centímetros, la palabra enjuto era demasiado generosa para describirlo o describirla. Sus dientes con tonos amarillos y afilados, sus manos y cara dejando traslucir sus huesos, y esa blusa estampada, completaban la apariencia de aquel extravagante doctor, doctora, o lo que fuera.
Empezó a remover los papeles que le hablaban de mí:
—Perdone —dije sin especificar, ya que decirle doctor habría sido jugárselo todo a una carta, así que preferí usar simplemente el usted —vine por una inflamación en mi ojo.
—¡Ah! ¿Sí? A ver —Tuvo que apuntarme a la cara con el maldito flexo —¡Ah, es un chalazión! Es una glándula del párpado que se inflama —Me dijo con aquella extraña voz. Acercó su dedo, delgado como una cerilla, a mi ojo  y presionó ligeramente.
—Sí. Vaya, esto habría que operarlo.
—¿Perdón, cómo que operarlo?
—Sí. Sangra bastante, así que tendré que ponerle un anillo en el ojo que haga presión para después sacarlo— Ya me veía como un dibujo animado, con mi globo ocular engordando hasta hacerse del tamaño de un huevo cocido.
Miré a la cara del… oculista y podía verlo relamerse los colmillos con la imagen de mi sangre. Si existiera un Conde Drácula debía ser igualito a él o a ella o a lo que fuera, en ese momento.
Sólo pude decir:
—¿Usted, aquí, con esta luz? —creo que percibió mi pánico por el tembleque de mi voz.
Me miró con sus extraños ojos, abrió el cajón de la izquierda y colocó sobre la mesa una jeringuilla que me pareció enorme, monstruosa. La luz del flexo se reflejaba sobre la aguja y parecía centellear burlona, ante mi miedo.
—¿Ahora?
—No, la operación tendría que ser en el hospital. Pero hay otra solución. Duele un poco—vi como su colmillo se alargaba, o tal vez lo imaginé —Se trata de inyectar directamente el medicamento en el ojo, pero puede reaparecer a los dos meses o así. Eso sí podemos hacerlo ahora.
—¿Usted, aquí, con esta luz? —Sonrió como uno de esos demonios de los cuentos infantiles y sus pulseras de oro resonaron contra el escritorio.
—Sería lo mejor.
—¿Y una pomadita?
Parecía completamente decepcionado o decepcionada, lo que fuera. Abrió el cajón de la derecha y sacó un tubito de unos tres centímetros.
—Por probar. Daño no le hará, sino en seis meses debe volver.
Me levanté arrastrando la silla y le di las gracias sin sentirme capaz de darle la espalda. Caminé hasta chocar contra la puerta, en un segundo estaba de vuelta al pasillo gris. Mis ojos tuvieron que acostumbrarse a la normalidad, y también a la luz. Recorrí el desvencijado pasillo con la sensación de haber escapado por los pelos, no sabía bien de qué o de quién. El enfermero me sonrió.
—¿Todo bien?
—El docto… el oculista me dio una pomada.
—¡Oh! Que bien. Espero que se mejore— Se giró para irse y de su mano cayó una canica que rodó por el deprimente suelo, deslizándose hasta una fila de asientos. Amablemente me ofrecí a recogerla. Me agaché, la cogí, iba a devolvérsela cuando me di cuenta que no era una canica. Se me escurrió de entre los dedos y salí corriendo, el ojo rodó hasta la zapatilla de goma del enfermero, mientras yo corría hacia la salida de emergencia. Sus escaleras también son grises.


¡ Hasta la próxima desconexión!

miércoles, 2 de abril de 2014

TRAVESURA


“No puede ser. Si apenas hace dos horas que estuve con ella y estaba bien”.
Era lo único que cruzaba por su cabeza mientras conducía a toda velocidad por la avenida principal de la ciudad. Era una mañana de septiembre y llovía sin compasión. Los limpiaparabrisas se balanceaban sin descanso, y él seguía pisando el acelerador, hasta incrustarlo en el suelo del coche.
“Es que no puede ser, justo hoy. No me separé de ella en dos semanas, siempre junto a su cama, cada noche, durmiendo en ese incómodo sillón, y hoy, ahora, que acabo de regresar a la fábrica, me llaman. No me lo puedo creer”.
No tardó más de veinte minutos en llegar a su destino. Buscó aparcamiento, pero no sólo el clima, también parecía que el universo estaba conjurando contra él. Tuvo que aparcar muy lejos de la entrada principal, con esa lluvia torrencial, sin paraguas, un hábito que no había perdido ni con el paso de los años, y encima la parte nueva del aparcamiento aún no estaba asfaltada. El barro le llegaba a la mitad de las botas del uniforme y el agua empapaba su mono azul. Ni tan siquiera pudo cambiarse, de hecho no quiso hacerlo porque eso lo retrasaría, y simplemente salió corriendo al recibir la noticia. Al cruzar la puerta entrada su pelo negro pegado a la frente le daba aspecto de ratón de biblioteca, pero no le hizo caso, hacía días que no se había mirado en ningún espejo.
Llegó al ascensor, pulsó el botón.
─Cuarta planta… Cuarta planta. ¡Dios, qué lento! ─rezongaba pasando su peso de un pie a otro esperando que las puertas se abrieran. No pudo hacerlo.
Decidió subir por las escaleras. Atravesó la puerta lateral justo en el momento en que las puertas del ascensor se abrían. No llegó a verlo. Casi sin aliento y con el mono de trabajo pegado a la piel llegó a la habitación 409. Entró pero en la cama no había nadie, parecía que hacía más frío de lo habitual. Su ropa seguía allí, sobre la cama. Dio media vuelta y salió. Encontró a una enfermera haciendo la ronda y le preguntó dónde se habían llevado a su mujer:
─Primera planta, allí acaban todas. Creo que hace poco se la llevaron. ¿No se la ha cruzado en el ascen…?
No llegó a escuchar la frase completa, porque corría de nuevo hacia las escaleras, descartando el ascensor, que en ese momento le parecía un invento estúpido y lento. Bajó los peldaños de tres en tres y llegó a la primera planta. Cuando iba a preguntar a quién fuera la vio. Estaba en una silla de ruedas, acompañada por una enfermera, con su bata rosa. No notó su presencia, estaba absorta mirando hacia el cristal. No supo que estaba a su lado hasta que posó una mano sobre su hombro. Ella lo miró sorprendida.
─Te lo has perdido─ le dijo.
Miró de nuevo al cristal sonriendo. Él siguió su mirada y allí estaba. Había tres pequeños bultos que se movían despacio. Dos azules y uno rosa. Ésa era la suya. Con su cara redonda y sus ojos cerrados, y aunque su piel tenía unos puntitos rojos era preciosa.
─No se lo digas a ella.
─Pienso quejarme de que te perdiste su nacimiento desde el mismo momento en que la coja en brazos. Y ahora somos dos contra uno─ Y le sonrió.
Volvió a mirar a su pequeña.
─¿Cómo ha podido nacer justo cuando me he ido? Iba a volver en unas horas. Se ha retrasado dos semanas y justo cuando tengo que irme…
Entonces, la pequeña asomó a sus finos labios la punta de su delgada lengua, gesto heredado de su progenitor, y pareció que se burlaba de él.

­─Ha salido un poco traviesa.

Hasta la próxima desconexión.

jueves, 6 de febrero de 2014

SÉ DONDE ESTOY


Me desperté con una sensación extraña. Había soñado. Estaba acostumbrada a las pesadillas, pero esta vez no había nada de eso en mi sueño.
Me levanté y me vestí. En el salón cogí el teléfono y la antigua agenda. Aquel libro que apenas usaba. Miré el reloj y me atreví a marcar antes de que la sensación desapareciera.
**
Estoy en mi viejo coche, en el asiento de atrás. Supongo que mi padre es quién conduce, pero no puedo verle la cara, y nunca se gira a mirarme. Estoy contenta. No sé por qué, pero el estar aquí me pone feliz.
No tengo más de nueve años. En la radio suena el viejo cassette de José Luís Perales, ahora mismo escucho el inicio de la canción “El Amor”. ¡Ah! Esa canción siempre suena en mis viajes en coche.
Miro por la ventanilla, no puedo ver nada. Hay niebla. Sé donde voy. Aquel llano siempre está cubierto por la niebla. Me trae a la mente más recuerdos. Mi abuelo, que era camionero, siempre decía que la niebla era el mayor enemigo en la carretera. Su colonia de barbero me llena la nariz y se desvanece. La niebla se ha ido. Aparecen a ambos lados de la carretera esos árboles finos y altos, muy juntos. No les queda ni una hoja. Es invierno. Siempre han tenido este aspecto en invierno. Mi pequeño bosque. Recuerdo esos árboles desde que pasé por aquí la primera vez. Sé donde voy.
Todo se vuelve un poco borroso. La canción ya no suena. Ando por un pasillo largo. Tres puertas a mi derecha y una enfrente, al final del pasillo. Camino arrastrando un bolígrafo contra la pared blanca. Sé que van a regañarme y aún así sigo marcando mi camino con ese azul cobalto. Sé donde estoy.
Cruzo la puerta al final del pasillo. Es el cuarto de baño. Estrecho y alargado, la bañera a la derecha, a la izquierda el lavado y el váter, al fondo una ventana con rejas. Me asomo.
Es de noche. Estoy sentada en la ventana del baño con las piernas por fuera, hay viento y me encanta. Oigo las campanas de la ermita a lo lejos, me acunan. Vuelven los recuerdos. El aire mueve mi pelo y mece las flores. Miro al cielo, despejado y lleno de estrellas. El viento se cuela por mi ropa y me hace cosquillas, conozco esa sensación. Sé donde estoy.
Es de día, camino bajo el sol que me hace entrecerrar los ojos. Un mar de árboles robustos, con sus marrones y verdes y sus surcos aparece frente a mí. Siempre que los veo se me acelera el corazón y empaña la vista. Ahora quiero ir a comer pan con aceite, nunca puedo olvidar ese sabor… Sé donde estoy.
**
Marco esos nueve números y espero que descuelgue. Lo hace al tercer tono, como siempre, ni muy pronto, porque no hay que parecer ansioso, ni muy tarde porque no es educado hacer esperar. El acento es inconfundible y me doy cuenta que lo extraño.
—¿Diga?

—Soy yo. Hoy he soñado que iba a casa.

¡Hasta la próxima desconexión!

martes, 12 de octubre de 2010

MOMENTOS PARA EL RECUERDO


Era una mañana tranquila. La clase de la facultad estaba prácticamente vacía. Era uno de esos día, en los que los estudiantes se ponían de acuerdo para no acudir a clase, con la excusa de una huelga. Sin embargo, una decena de alumnos habían acudido a aquella temprana clase. El aula era aun más fría de lo normal, no sólo por la temperatura, sino porque el color gris de los pupitres restaba calidez al ambiente.

La puerta se abrió y el profesor entró. Era un profesor experimentado, cerca de sesenta años, un poco calvo, al igual que su apellido, con perilla pulcramente recortada y canosa. Al conjunto le acompañaban una gafas de pasta color marrón, todo un clásico. Vestía traje oscuro y mocasines. Todo lo que se esperaba de un profesor de derecho. Revisó la clase a través de sus acristalada mirada, sonrió levemente, y se dispuso a impartir su “lección”. Aquellos estudiantes, aquellos que se saltaron las reglas de la multitud, los que perseguían algo más allá, que pasar las horas en la cafetería charlando, sobre lo mal que el mundo los trataba, presenciarían una clase en al principio, les parecería decepcionante, luego una ridiculez, más tarde les divertiría, después les haría pensar y al final, sería uno de los mayores recuerdos de su paso por la facultad.

-Señores alumnos... son ustedes muy pocos. Debido a ello no avanzaremos en la materia establecida en el plan de estudios (DECEPCIÓN) En lugar de eso, quiero que me hagan una redacción- los alumnos se miraron unos a otros sorprendidos- el tema de la redacción es...¿Cómo amaneció ayer? Quiero que me describan cómo amaneció ayer- Sin más explicación repartió unos folios, de papel reciclado y se sentó frente a sus alumnos a esperar el resultado. Los futuros abogados no podían creerlo, “para eso se habían levantado temprano” para hacer ... eso. (RIDÍCULO)

Sin más, y acostumbrados a obedecer a los profesores cuando algo así surgía, sin pararse a pensar el motivo de aquella extraña petición, cada uno de los alumnos puso lo mejor de sí en pasar aquella, inesperada prueba. Empezaron a inventarse algo curioso sobre el amanecer, aunque todos coincidían en que había amanecido por el este como siempre. Algunos incluso concluyeron que cuando entraron, el día anterior, a la facultada, aun no había amanecido por lo que no podía responder a su pregunta. El tiempo transcurría entre alegatos inventados y chistes sobre la redacción (DIVERSIÓN)

El profesor dio por concluido el ejercicio y recogió los escritos. Se divirtió mucho leyendo las primeras líneas de cada uno. Para concluir que ninguno, se había fijado en como amaneció el día anterior.

-Señores tienen una gran capacidad inventiva, eso no lo niego. Pero nadie ha descrito como amaneció ayer. La mayoría han descrito cómo amanece cualquier día. Yo preguntaba por el día de ayer. Ayer el sol amaneció completamente rojo- hubo un gran silencio en el aula- ¿Alguna vez se preguntaron cúal debe ser la cualidad fundamental de un abogado para ser un “buen abogado”? es la observación, la capacidad de sorprenderse de maravillarse con cada pequeña cosa del mundo. Deben maravillarse por un hermoso amanecer, por cómo florecen las hojas de los árboles, porque nunca es igual al día anterior. Si no tienen la capacidad para observar el mundo, cómo podrán aplicar las leyes a su sociedad. Cómo descubrirán si hay alguna injusticia. Cómo sentirán empatía por sus clientes. (PENSAMIENTO) La clase termina aquí. Disfruten del resto del día.

No fue una lección que pudiera evaluarse, no daba puntos extra, no entró en evaluación, no sería materia de examen, incluso, fue motivo de burla durante bastante tiempo, porque el profesor Calvo, había estado “desvariando” durante una clase entera (RECUERDO).
Pero con el paso de los años los alumnos, los cuales todos, se graduaron en su año, aun contaban esa anéctoda, ninguno de los diez que asistieron fueron capaces de olvidar aquella palabras, y aunque ninguno reconocía el efecto que les producía y lo ocultaban con bromas.. fue un momento para el recuerdo. Profesores que son capaces de tocar tu mente o tu corazón por un instante, dejando huellas imborrables.

PD Dedicado a todos los profesores que se han venido a la mente del lector al leer este relato.

Hasta la próxima desconexión!!!