sábado, 19 de enero de 2019

TENER BUENA MEMORIA ES UN DON.



"Tener buena memoria es un don". Estudiar, trabajar, socializar, ser detallista... pero en otras ocasiones la memoria es una herida autoinfligida cuyo torniquete se ha aflojado. Revivir un recuerdo, si es uno bueno, es una bendición, pero si es una pesadilla y puedes rememorar hasta los olores que te envolvían, cuando en tu sangre se ha grabado ese terrible momento y vuelve a ti fluyendo como el agua de un río que escapa a tu control, si baja tus defensas y se abre la presa, en ese instante, la memoria es un castigo inevitable. Esas memorias se convierten en el lodo al que acudir, en el que insistes revolcarte cuando se abre la compuerta.
Aparece el más leve rasguño en la barrera y todo vuelve a golpearte, como si hubiera sido ayer.
Sí, la memoria, ese gran...don.

lunes, 12 de febrero de 2018


Una mañana de febrero anudó sus miedos, los trenzó muy fuerte, hasta crear una gruesa cuerda con la que formar un lazo y atrapar los sueños, que un día creyó demasiado lejos.



Hasta la próxima desconexión.

martes, 16 de enero de 2018

RESEÑA MOLLY´S GAME

Bueno, pues empieza otro año y lo hace de cine.
Os dejo, en mi otra casa, la reseña de la primera película como director del señor Aaron Sorkin, "Molly´s Game".
Recomendada 100%.
Espero que os guste, interese o lo que sea.


lunes, 8 de mayo de 2017

VICIO OCULTO (Tal vez no tan oculto)

Os dejo (tras mucho tiempo, lo sé) mi pequeña colaboración con un blog amigo BibimbapDramas
Reconozco que no solo soy consumidora de series asiáticas, sino que las traduzco y las fomento todo lo que puedo, por lo que cuando una mujer (a la que hace tiempo considero amiga, aunque sea virtual) como "La Ahjumma" me invitó a colaborar en su "proyecto especial", para intentar hacer ver que las series asiáticas existen, como fan, no podía decir que no. Así que os dejo el enlace por si os apetece pasar a echarle un ojo al artículo. ¿Quién sabe? Tal vez os pique la curiosidad o, si ya os picó, podáis hacérselo llegar a otros.


¡Hasta la próxima desconexión!

domingo, 2 de abril de 2017

EN MI OTRA CASA



Esta vez también se trata de una entrada que proviene de la amistad, pero os la dejo en mi otro rincón de inspiración.

Hasta la próxima desconexión.

martes, 21 de febrero de 2017

AMISTAD y PROMESA


Se encontraron por casualidad en un bar, antes solía ocurrir a menudo, pero esas casualidades eran cada vez menos desde que él se había mudado. Ahora jugaban a encontrarse cuando regresaba a su ciudad natal. Aun así, habían logrado mantener su amistad a lo largo de los años y siempre estaban cerca en los momentos importantes, como este.
Ella estaba con un grupo de amigos tomando unas tapas, se abrió la puerta y él apareció. Iba solo, con su barba de muchos días y sus pantalones bajos. Como si un resorte se activara se levantó de la silla y fue a saludarle. Los abrazos con las miradas llegaron antes que con los cuerpos. Lo ojos empañados. El abrazo duró cinco segundos más de lo que solía hacerlo, apretado. Al separarse, las lágrimas acariciaban sus pestañas:
―¿Estás bien? ―le preguntó con la garganta contenida y los ojos más abiertos de lo normal.
―Sí. No me mires así, si lloras vas a pegármelo ―indicó él, desanimado.
―Ya, ya está ―se limpió con rapidez los visos de tristeza― ¿Quieres tomar algo? ¿Vamos a otro sitio? ―se giró para pedir disculpas con un gesto al grupo que pretendía dejar allí.
―Solo si no hablamos del tema. Nada de cosas tristes. Ya no lo soporto, sabes ―con aquel gesto cansado no parecía el de siempre.
―Te contaré todo lo gracioso que me haya pasado desde que no nos vemos, y si no me lo inventaré. Sabes que soy buena contando historias ―sonrió y se colocó la máscara y la nariz de goma para su próxima actuación― pero debes prometerme algo.
―¿El qué?
―Prométeme que te reirás de todas las anécdotas y tonterías que te cuente; aunque sean malas y sin gracia, incluso si ya te las he contado.
―Prometido ―y sonrió como si dos alambres tiraran de su fatigado rostro, intentando abrir la puerta a la recuperación.

Hasta la próxima desconexión.


domingo, 12 de febrero de 2017

ÉRASE UNA VEZ



"Érase una vez", según los entendidos del mundillo, empezar con esta frase un cuento está mal visto, puesto que se considera una expresión usada en demasía. No estoy de acuerdo, lo digo sin tapujos. Cuando mi sobrino tenga edad para contarle cuentos usaré esa mágica frase para comenzarlos todos. ¿Por qué? Porque solo con escucharla sabes que la lógica, lo racional, se escapa por la ventana, que es el momento de las aventuras, de los castillos, de los héroes y de la magia, como si fuera un conjuro que te transportara de tu mundo a otro, más brillante, más claro, donde hay una verdad inmutable que el bien vencerá al mal. Así que perdonad todos aquellos maestros de librillo si sigo usando en mis cuentos infantiles el "Érase una vez", y consigo con ello que los niños abran sus ojitos como platos y me miren pidiendo que aparezcan ya los héroes y lo villanos.

Después de reivindicar (deformación profesional según algunos que yo me sé) os invito a que paséis por mi otro blog, en el que comparto sueños (magia, cuentos y realidades) con otros seis mosqueteros de las esquivas palabras, y leáis mi último cuento (no infantil), aunque no empiece por el difamado Érase una vez. Rebelaos junto a mí y colocarlo (aunque sea en vuestra cabeza) justo antes de empezar a leerlo, [si es que os pasáis :p]

Hasta la próxima desconexión.

jueves, 26 de enero de 2017

PALABRAS



Siempre te han dicho que las armas las carga el diablo, pero pocas armas hacen más daño que las palabras. Piensas que es un cliché, o una exageración, pero las palabras hieren durante años y las balas, tan solo una vez.
Corroen la conciencia poco a poco y se instalan en tu mente apoderándose de sus resquicios, invadiéndola como un virus que ataca en silencio, a oscuras, a cualquier hora. Se aprovechan de tu sueño, de tus momentos libres, de tus defensas bajas. Acuden como un mantra, condicionando lo que haces.
Hay frases que recuerdas durante años palabra por palabra, como si te apuñalaran la cabeza; resuenan como las oraciones aprendidas de niños. Cuando crees que has olvidado, se deslizan por uno de esos huecos y de nuevo cierras los ojos, aprietas los dientes, sientes: la misma vergüenza, el enfado, la tristeza... Renace lo que dijiste, oíste, o escribiste.
Contra ellas no hay corrector que te salve, ni vacuna que te aísle, ni jarabe que las aplaque. Son la cara oculta del arma que inventó el hombre y que a algunas veces, fingiendo la dulzura que no tienen, se vistes de poesía.

¡Hasta la próxima desconexión!


lunes, 14 de noviembre de 2016

AYER y MAÑANA




Ayer las agujas de las dobles esferas no importaban.
Ayer el tiempo se detuvo y retrocedió a viejos caminos.
Ayer el giratiempo azul y rojo trajo aromas de antaño.
Ayer fue ayer y mucho más atrás.
Ayer saboreé el jengibre del presente y
una picante promesa del mañana.

Hasta la próxima desconexión.

                        

jueves, 20 de octubre de 2016

BASTA YA. NI UNA MÁS

Vaya por delante que sé que no sirve de mucho escribir sobre el tema en un pequeño blog como este y que hay personas que lo harán mil veces mejor, pero permitidme el desahogo, y perdonadme el enfado y la frustración.

Ayer ocurrió uno de los hechos más viles que pueden suceder en una sociedad civilizada, no ha sido la primera vez y mucho me temo, (y ojalá me tuviera que tragar estas palabras) que no será la última.
En Argentina (y podría haber sido en cualquier parte) tres sujetos violaron, empalaron y mataron a una chica de dieciséis años. Así de crudo, así de obsceno y así de real. Dieciséis años. 
Tengo amigas en ese país y algunas de ellas no distan mucho de esa edad, solo pensarlo hace que se me ponga el vello de punta. No es necesario conocer a la víctima para sentir la repulsa, pero por un momento piensa que es tu hermana, tu amiga, tu prima, tu mujer... hoy habrá otra chica de dieciséis años que no podrá mirar con complicidad a su amiga cuando haga alguna tontería. Habrá una hermana, un padre, una madre, una familia, que echará en falta a su niña, y solo le quedará el dolor, la frustración, y la ira. Pienso en cuando tenía esa edad y en lo que ha pasado desde entonces, esa cría, no tendrá la oportunidad de experimentar nada más, a esa edad aún apenas has vivido, y hay tres desalmados que se creyeron con derecho a acabar con todo eso. Con su vida. Así, sin más, porque podían, porque eran tres y se sentían valientes y despreciaron a una mujer, porque... ni tan siquiera sé qué pensaron para llegar a hacer tal aberración. Solo sé qué no pensaron. No pensaron que ella mereciera nada, que no era nadie, que podían hacer lo que les apeteciera.
Aún hoy existen "hombres" que se creen con derechos sobre las mujeres, solo por ser eso... mujeres. Caminar por la calle y tener que ir en tensión porque ha oscurecido, aligerar el paso cuando te cruzas con depende qué personas, esa inquietud que nos embarga a todas y que ellos nunca entenderán. No digo que todos los hombres sean así (ojo, ni mucho menos) pero sí que todas las mujeres saben de qué estoy escribiendo, todas pasamos por cosas así durante nuestra vida, y algunas, como ella, no lo cuentan.
Como dije al principio, sé que no servirá de nada y sé que yo no lo puedo cambiar escribiendo aquí, pero qué menos que mostrar mi asco ante lo ocurrido y mi miedo a que las nuevas generaciones sigan sufriendo lo que sufría la generación de mi abuela. Una sociedad llena de avances técnicos, globalizada, y tan carente de avances en la educación social, el respeto y la igualdad.
Ojalá que esa niña argentina, que ayer comía tomates cherry, de pie en su silla puesto que aún no llega a la mesa, mañana, cuando tenga dieciséis años, pueda vestir como quiera, no tenga que escuchar groserías cuando camina sola por la calle y sobre todo que "pueda cumplir diecisiete años".


Hasta la próxima desconexión

miércoles, 28 de septiembre de 2016

A DESTIEMPO


Recostada en mi dormitorio lo observo. Está sentado en la butaca a los pies de mi cama. Pelo blanco y escaso, gafas de pasta negras, camisa blanca de manga corta y pantalón de pinza beige, barriga levemente pronunciada y cinturón negro. No es que sea el mejor estilismo, tampoco nos importa. Lo miro entrecerrando los ojos y se percata de que le estoy dando vueltas a algo. Me devuelve una mirada en la que se puede leer un “¿Qué pasa?”
―Estaba pensando que los nietos conocen en mal momentos a sus abuelos ―entrelaza los dedos de las manos sobre su barriga a la espera de que continúe―. Sí. Los conocen demasiado pronto, cuando son niños y no sienten curiosidad por ellos. Es mucho después cuando empiezan a plantearse cosas como… no sé, qué hacían en su día a día, qué era lo que les hacía gracia, cómo era criar animales, la forma tan particular de contar los días y saber si llovería, las anécdotas con sus hermanos, qué hicieron en la guerra, cómo fue perder a alguien, o cómo terminaron casándose y con quién habían salido antes (que los abuelos también tienen sus ligues). Todas esas cosas que nuestros padres no nos cuentan y aquellas que tampoco saben o han olvidado. Tengo curiosidad. Podrías habérmelas contado. Podrías contármelas. Ahora, ¿puedes?

El cuenco tibetano resuena por todas partes, invade el cuarto, lo emborrona y la habitación se va haciendo cada vez más lejana. Aparecen destellos y luego… todo está oscuro. Una voz se engarza en mis oídos: “Moved suavemente los pies, a un lado, al otro, las manos, la cabeza…” Siento la humedad bajo el saquito de semillas que cubre mis ojos. “Girad el cuerpo hacia el lado derecho”.
Ahora sé dónde estoy, tumbada en el suelo. Me giro en posición fetal y esta vez, antes de lo usual, retiro de mis ojos el saquito de la meditación. Como si hubiera estado prisionera se escapa y cae a la tarima de madera una lágrima que arrastra su camino por encima de mi nariz. No sé qué ha pasado. Me incorporo siguiendo las órdenes de la profesora de yoga. Es el momento final de la clase y aún me duele el recuerdo que se desvanece hecho jirones. Tengo los ojos húmedos pero nadie se da cuenta, solo sigo las indicaciones de la profesora y no puedo dejar de pensar que es "otra oportunidad desperdiciada".

Hasta las próxima desconexión.

miércoles, 14 de septiembre de 2016

ASÍ ES, ASÍ SOY.


Me reconozco en las noches con aires de otoño, en las horas ámbar. Me hallo en las luces de las farolas y en los cuartos en penumbra; en ventanas abiertas al asfalto. Me reconcilio en los aislamientos voluntarios y en la música que susurra en los oídos. Recuerdo con la caída de las hojas y el pisar de la grava. Regreso con los olores de la infancia y las campanas de los monasterios. Viajo con la visión de las amapolas y el fluir del agua sobre los juncos. Siento libertad entre los pinos y a la sombra de la palabra impresa. Así es, así soy.

Hasta la próxima desconexión.

jueves, 1 de septiembre de 2016

"EL RETORNO"

MICRO

Existen personas por las que hechizarías el tiempo para volver a empezar vuestra amistad. Recorrer de nuevo el camino. Sin saltarte nada. Hasta llegar de nuevo aquí, sabiendo que no habrá otra igual.


Al fin puedo volver (o voy a volver, porque poder, poder, siempre se puede).

En este lapso de tiempo: fui tita por primera vez, mi mejor amigo va a tener un bebé, mi mejor amiga se casa (pasando por despedida de soltera, incluida) regresé a uno de los lugares de Asía que más me gustan (Seúl) y conocí otros nuevos, compartí horas con amigos y familia, descansé del trabajo, eché de menos a gente y me despedí de otras tantas personas, me enfadé y me reí como pocas veces, tomé buenas y malas decisiones, me auto regalé cosas y regalé a los demás, hice cientos de fotos y salí en fotos de gente que jamás conoceré. En resumen estuve respirando y reconstruyendo, creando y finalizando. Ahora es hora de volver.

Hasta la próxima desconexión.

viernes, 20 de mayo de 2016

UNA TEMPESTAD DE EMOCIONES Y UN MOTORISTA


Era una fiesta cualquiera, fui para que mis amigos dejaran de atronarme los oídos con lo bien que podría pasármelo, lo estupendo que podría ser salir a relajarse un poco y cómo íbamos a reírnos al irrumpir en aquella fiesta de pijos e hijitos de papá, sin ser invitados. Llevaba allí cuarenta minutos y ya estaba hasta el gorro de tanta tontería, chupitos de colores, cojines a juego en los sofás, polos de Ralph Lauren y esa jodida pecera que me daba ganas de ir al baño cada quince minutos.
Cuando había tomado la firme decisión de irme, se abrió la puerta de la terraza y ella apareció. Todas las luces de la fiesta se atenuaron haciéndola resaltar sobre todo lo demás, como cuando te quedas mirando fijamente una vela. Si esto fuera una de esas películas románticas yo habría encontrado la manera de poder hablarle, pero esto no es ni parecido a una novela romántica. De hecho la noche acabó conmigo vomitando en la puerta del bloque todos aquellos estúpidos y coloridos chupitos. Pero eso no es lo peor, lo peor es que lo hice cuando ella salía y puse perdidos sus zapatos. Su cara de asco fue tal, que de sus ojos salieron astillas que se me clavaron en el pecho. La sangre fluía y seguía manchando, aún más, toda su indumentaria. Un completo desastre, pero al menos no olvidaría mi cara, jamás.
Pensaréis que salí corriendo y desaparecí como si mi vida dependiera de ello, pero no. Dando cambaladas seguí su paso, a distancia, (no se fuera a asustar o peor, no volviera a herirme) hasta una esquina en la que surgió, rugiendo, una moto de gran cilindrada. Ella miró en todas direcciones antes de montarse. Por un momento se cruzaron sus sorprendidos ojos con los nebulosos míos y se perdió en la noche. Conforme se iba alejando, las gotas empezaron a golpearme, toc, toc, toc, toctoctoc, un aguacero se cernía sobre mi cabeza desde una única e irónica nube. Regresé a la fiesta, totalmente empapado, y mis amigos, atónitos, me preguntaron: “¿Te caíste a una fuente o algo así?” La borrachera se había disipado, y era la hora de volver a casa, “como la Cenicienta” se carcajearon todos. Sus risas malintencionadas repicaban como campanas en mi cabeza, salí de allí.
Según dicen, los recuerdos son engañosos y no hay que hacerles caso, te muestran una versión distorsionada de lo ocurrido en tu vida. Pues en mi caso, no. Tengo una memoria colosal, jamás olvido y soy un poco masoquista así que tiendo a recordar solo lo malo, sin paños calientes, puede que hasta con algún toque dramático por mi parte. Soy lo que he llamado un “autofustigador”, ¿cómo aquellas personas que se infligen dolor a sí mismas? Pues así, pero sin cuchillas que corten las muñecas, lo mío es más mental. Como decía, esa mañana recordaba con mucha viveza todo lo que había pasado en la fiesta, lo que había hecho, y lo que no. ¡Y esa horrible moto, y su horrible ruido con su horrible piloto!
No fue hasta la tarde, que volví a ver a los cafres de mis amigos, cuando pude interesarme, por decirlo suavemente, por la chica a la que había vomitado, ya sabéis, para disculparme o, como les dije a ellos, para saber de quién reírme cuando volviera a verla.
Alucinado me quedé. Cenicienta. Osea, no es que fuera “La Cenicienta” sino que ese era su apodo, porque se iba de las fiestas la primera, y no dejaba que nadie la acompañara a casa por la noche. Claro, pensé, para qué iba a dejar a nadie, si ya tenía quien la llevara a casa. Cuando iba a contarles lo que había visto y aclararles que no era más que un novio motorista lo que ocultaba y con lo que me había hecho trizas el alma (sí, ese es mi punto dramático, ya os lo advertí) una mano se posó en mi boca, liviana como el algodón de azúcar, y ¡pegajosa! Me arrastró hacia una esquina de la calle, no me resistí en absoluto, puesto que era Cenicienta quien me sujetaba y me miraba iracunda. No sé por qué pero eso me hizo mucha gracia. Me soltó en cuanto estuvimos lo suficientemente lejos del grupo de mis amigos, que gritaban y saltaban como los orangutanes, o como yo creo que hacen los orangutanes (jamás pisé un zoo)
La conversación fue algo surrealista:
―Oye tú, ¿era de mí de quién hablabais? ¿No se te habrá ocurrido decirles nada no? Encima que me estropeaste el vestido y los zapatos, encima que fui amable cuando estabas hecho un guiñapo, encima que…
―Para, para… que no puedo seguirte. ¿Respiras entre frase y frase? ¡La virgen!
―¿Cómo?
―Nada, nada, que vayas más despacio.
―¿Qué- les- has- contado- a- esos- de- anoche? ¿Te vale así? ―me dijo haciendo una pausa en cada palabra.
―Pues… nada, tía. Si no sé ni de qué coño me hablas. ¿Qué tengo que NO contarles? ―enfaticé.
―No te hagas el loco, me viste irme.
―Oh, eso. No sé qué más te da que sepan que tienes a alguien que te recoge. Qué raras sois las tías.
―Mira, primero las “tías” no somos raras, ¿sabes? Y segundo, no quiero que sepan que mi padre viene a recogerme cada noche que salgo.
―¡¿Tu padre?! ―el sol volvió a resplandecer en el cielo. Casi hago un triple salto mortal, pero me podría romper la columna así que mejor sonreír como un idiota, que eso se me da de fábula, por cierto.
―¡Podrías no gritar! No te hagas, lo viste.
―Bueno, vi a alguien pero no sabía quién era. Llevaba casco. ¿Do you know?
―Ah, claro, no lo pensé. Joder. Seré imbécil.
―Bueno, bueno, haya calma. Te preocupa que se lo cuente, por qué.
―Porque, a ver, muy normal no es. Que tengo una edad ¡joder! Y no me deja salir a ningún sitio. Que sigo teniendo toque de queda, que está paranoico, que…
―Ahí vamos otra vez sin respirar ―Sonreí. Y ella, después de entornar los ojos un segundo, aflojó el rostro y también la sonrisa. ―Madre mía.
―¿Qué?
―No, nada, creo que necesito unas gafas de sol ―Cenicienta puso los ojos en blanco y yo me reí.
Desde ese momento, (pues no, no es una peli romántica, ya os lo dije) nos hicimos buenos amigos. Bueno, más bien ella se hizo mi amiga, porque yo, yo estaba derretido de amor. Pero oye, a mí me enseñaron que “quien la sigue la consigue” y ¿quién soy yo para llevarle la contra al refranero español?

Solo diré que quedábamos en los cruces de las calles, y que cuando ella se animó a saltarse el toque de queda las farolas se apagaban a su paso para camuflar sus salidas, y no le hacía falta luz, porque de ella emanaba la suficiente. O así lo recuerdo yo y ya sabéis que mi memoria es colosal.

Una noche, meses después de nuestra primera conversación, cuando las ojeras me llegaban a los tobillos y tenía que recogérmelas con las pinzas de la ropa, en uno de esos encuentros furtivos, justo el día que tenía planeado decirle que lo de amigos ya no me molaba (bueno no con esas palabras pero ese era el mensaje) justo cuando iba a decírselo, (no como esas dos docenas de veces anteriores, esta iba de verdad) justo entonces, el cielo se oscureció, y un grito dibujó un relámpago que hizo vibrar la calle y las ventanas estallaron en mil pedazos. Fue entonces cuando lo vimos: primero la moto, luego el motorista.

Hasta la próxima desconexión.


PD Tras un tiempo de retiro, regreso, aunque aún pasarán unos días antes de que me ponga al día con "mis lecturas obligadas"