miércoles, 10 de abril de 2019

ACOSTUMBRADO DOLOR


Cuando convives a diario con él, y te abandona, quién sabe, una vez al año. Tu cuerpo se relaja hasta tal punto que el sueño y el ensueño te recorren por todas partes, en una calma añorada.
Cuando ocurre, aunque solo dure quince minutos, sientes que flotas, que no hay nada más en el mundo que tú y tu paz, como si algo se hubiera ido dejando un hueco. Y cuando resurge esa molestia, que es como empieza, recibes el dolor como a un antiguo compañero de piso. Deseando que salga de nuevo de paseo, pero sabiendo que no te queda más remedio que convivir con él, soportando reclamaciones de atención, intentado no ofenderlo, sobreviviendo a sus ataques de furia porque te has permitido salir de tu zona de “confort” y decidiste olvidarte de él por un día, por una hora, por una comida. Y se venga. Absorbe tu energía y te deja claro que sin su permiso no hay nada que hacer, salvo pagar ese peaje. La balanza se levanta y sopesas. ¿Encierro o contraataque? Quedan abiertas las apuestas y cerrado el destino.


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